...la tierra se fertiliza y allí donde quedó una grieta crece una nueva máquina, verde, rebelde y con el corazón palpitando lleno de savia.

miércoles, 23 de enero de 2013

México/5

Mérida-Playa del Carmen-Tulum


Tal vez los lugares no sean lo más importante, sino la transformación que ocurre al atravesar por ellos.
Ondulante, caminantemente.
Las plazas se suceden como los días, como las olas.
Los hoteles, los museos, los edificios y el semáforo. Serpentean bajo nuestros pies.
Días y noches que gotean sobre veredas azules, un abrazo entre los sueños y los caminos hechos, como un árbol que se deja llevar por el viento o como una ráfaga de hojas anaranjadas.
Las distancias descubren las cercanías entre el corazón y la cabeza.
La cintura del árbol de la cual nacen las raíces y también los pájaros, de la cual se aferra el viento y donde danza la luz de la luna. El vaivén. Las palabras que me trae el agua salada, las canciones de la carretera.

Escribir sobre lo que se ve/siente/vive sobre mi o sobre lo que creo que es el mundo a mi alrededor.

Aprender de todos, de los pájaros, del mar. Escucharme tanto hasta perderme en una canción que no es mía. Cantar, bailar, llorar. Sentir el poder de la vida que estalla en cada instante, saber que aunque las peores cosas parecen suceder, el agua se las llevará después de todo.
Soñar incesantemente.
Luchar incesamente.

Caracoles destrozados en la arena blanca, corales, vidrios rotos, plástico. Y también el agua que acá está llena de arena y ahí es verde y más allá azul profundo. La chamba, el carrito, músicos que recorren restaurantes, vendedores de tours, malabaristas. Unas poesías que esperan mis alas para ser pájaros.

También la fiebre. Soñar con un juego donde un grupo de personas se reúne alrededor de una mesa e intentan nombrar todas las palabras del mundo, un sueño infinito e inquietante. Las personas que amo dan vueltas como mosquitos alrededor de mi cama-cueva en el urban hostel de playa del carmen. Regresan las palabras de un señor que me compró un librito en mérida, acerca de vivir la aventura de viajar con nada. Entre temblores de frío y sudor febril voy dejando fuera de mí los miedos, o descubro que los dejé en algún recodo de este territorio.

Entonces. Las bicis, el mar, cocinar unos fideitos con brócoli y tomar una chela mientras se pueda. Entonces dejar que la lluvia sea y que los días pasen y algo nos encontrará en el camino. Dejar de lado las ideas de hacer turismo para hacer vida, como siempre y como cada día de una manera única, inolvidable e irrepetible.

Huellas en la piel, eso son los lugares.    




jueves, 17 de enero de 2013

México/4

Campeche, Hostal La Parroquia

Sueños mates amores olas juegos regalos risas duchas mar movimiento carretera sol música en la mente en la radio escribir cantar (de a poco) una chela calor veredas adoquines horchata de coco magia trsitezas camiones sombreros paseítos ciudades casitas selva montañas abrazos festejos malecones estrellados desayunos alas caracoles sorpresas enojos mochila ropa sucia canciones que me recuerdan otros días espejos comidas desconocidas flores tortugas lagartos viento  las nubles blancas que no serán lluvia pero si lo fueron gringas el italiano jim que sólo come frutas el mole las tlayudas pelícanos restos del pasado que son hoy el pan de mucha gente que no sé si le interesa el pasado la gente de la calle, del bus, del mercado las hormigas rojas gigantes una estrella fugaz en mazunte grillos luna casi llena o luna de risa de gato

vibrar

dibujos amigos nuevos la michelada de desayuno limón viajar a dedo comer con los camioneros bailar salsa probar el picante caminar en la noche sola en la mañana meter los pies y que se hundan con el vaivén sentir la fuerza de la vida erizándose en la piel extrañar lo cotidiano

entenderme

un poco más de lo que acostumbro no pensar en nada descubrir el mundo como una niña nadar mirar el ventilador por un rato y el vuelo en grupo de los pájaros en el cielo nublado los pescadores casitas de colores como en la canción piñatas de siete picos niños con botas de punta y sombrerito de paja el matriarcado istmeño de oaxaca la panza de cin que duele mis ovarios que sangran el viento que sacude las nubes y el árbol que asoma al otro lado del patio

y más allá

mi infancia en el bosque, la ciudad de la plata, mati ese amor que no entiendo pero que sigo en la lucha porque me hace bien ese hombre aunque no se bien cómo, mi hermano que viaja y lo extraño tanto cada día, mis hermanas soñando en sus propios caminos tatuadas en mi corazón y mis pies pero tan lejos sus abrazos ahorita, mi mamita que cumple ya ni sé cuántos años, las fiestas, mi gato que está gordo, la humedad en las paredes los libros la bici roja y las birras en la plaza en la vereda, los miedos de siempre la "carrera", la antropología, mi camino en ella, las becas, los sueños miedos y engaños, lo suerficial de confiar en las palabras y su profundidad infinita, los talleres, el swing, tentativo, el aplauso la lucha las trabas la magia, mis amigas, las canciones. Mi mundo

en perspectiva

siento sueño escucho pienso que es todo tan efímero yo soy tan efímera como las flores en una maceta necesito tanto del río del amor de los sueños ¿y si mi sueño es dejar de soñar? ¿y si me dejo llevar por el infinito estado de tránsito y distancia que impone el viaje? ¿y si mi viaje sólo es un contrapeso, un espejo, de mi sueño ya cumplido, es decir, de mi hermosa y complicada vidita platense?

Despierto. El viento sigue soplando fuerte, la espalda un poco resentida por el peso de la mochila, los ojos vidriosos por tanto espejo, por tanta sinceridad conmigo misma, los pies fríos y un poco de dolor de cabeza.  Quién sabe a dónde me encontrará mañana el sol.



miércoles, 9 de enero de 2013

México/3



El cruce de la sierra-Zipolite-Puerto Escondido

Salir de Oaxaca hacia la costa Pacifíca se veía sencillo en la dimensión simple de un mapa, pero el cruce de la sierra no era para tomarlo a la ligera. Salimos de la ciudad en un taxi colectivo, hasta San Bartolo Coyotepec y buscamos una sombra junto a la ruta pra "hacer rai" (hacer dedo). No pasaron diez minutos y estabamos en un auto rumbo al otro lado. Mi amiga estaba con dolor de estómago desde la mañana (acostumbrarse a la comida mexicana es todo un arte, sobretodo por el picante en todo todo lo que se come o bebe) y el viaje no ayudo. Las curvas cerradas, una tras otra, marean cualquier estómago. En Miahuatlán tomamos un descanso para almorzar, un paraje en medio de las curvas serranas, repletas de cactus a esa altura, con vista a los valles interminables por detrás. 
De allí comenzamos a subir y subir, el aire se sentía más fresco y con olor a plantas, los árboles reemplazaron a las bajos arbustos y cactus, cada tanto unas casitas al costado del camino, abarrotes, venta de "antojitos", tacos y tlayudas al paso. Mi amiga con náuseas, yo tratando de dormir, el acompañante tomando cervezas en latas sin parar jamás, roncando de a ratos, las curvas que siguieron siempre... el atardecer que nos dejaba ver un horizonte de relieves azulados y la noche que se bajó de repente entre el camino sinuoso... 
La llegada por fin a zipolite. Tratar de encontrar un lugar para armar la carpa con todo repleto en vísperas de año nuevo, descubrir que nunca traje las varillas. Enojos, malestar, cansancio. Finalmente nos ofrecieron carpa prestada en la casa de Douglas, y fue una suerte llegar hasta ahí.

*

 (3 de enero de 2013, dia 9)
Zipolite nos está atrapando como una espiral de olas, tragos, lunas y amistades.
Tiene esa magia que parece repetirse en ciertos lugares: Copacabana (Bolivia), El Bolsón (Argentina), Valizas (Uruguay). Todo puede suceder aquí.
Ayer fuimos a Mazunte, nadamos mucho y el mar me convenció de amarlo por un tiempo.
Dormí escuchando sus olas y sintiendo su vibración debajo de mi cuerpo. 
Más tarde nos encontramos con los vecinos defeños de zipolite y nos fuimos a Punta Cometa, cruzamos un cerrito y vimos el atardecer en una playa casi desierta. Dicen, la punta más salida hacia el Pacífico.
Volvimos por la montaña de noche, sentí la canción de los árboles y los grillos, el camino iluminado por una inmensidad de estrellas.

Los días parecen eternos y el tiempo parece pasar por otra línea, más bien, por una curva.

*

ENOMARADA

(si no fuera porque mi corazón late al otro lado de la tierra, diría que me lo robó el mar)

Me estoy entendiendo con el mar
dejándome revolcar por sus olas
tragando su sal
soltando carcajadas
con la explosión de su espuma.

Me recuesto sobre su piel-piedra infinita
sudorosa, acalorada
siento la vibración que sube y baja
el latido del agua, debajo de mis latidos.

Cabalgo sobre sus olas con más o menos
destreza, sintiendo
cómo penetra la arena
a través de mi cuerpo salado.

Dejo que revuelva mi pelo
y jugamos a hacernos cosquillas
y otra vez me encuentro girando
en su marea, entre la espuma
contra su piel.

ay, si, mar
lo estás logrando
ay, mar, por favor
me estás sacudiendo por dentro.

Por la noche vino hasta mí
con serpientes de plata
y me besó los pies
debo confesar, me ha enamorado.






"Generalmente se conciben los viajes como un desplazamiento en el espacio. No basta. Un viaje se inscribe simultáneamente en el espacio, en el tiempo y en la jerarquía social. Las impresiones sólo son definibles refiriéndolas solidariamente a estos tres ejes, y como el espacio posee él sólo tres dimensiones, se necesitarían por lo menos cinco para hacerse una representación adecuada del viaje. (...) Al mismo tiempo que nos transporta a millares de kilómetros, el viaje hace subir o descender algunos grados en la escala de los estatus. Desplaza, pero también desnaturaliza con respecto al medio normal -para mejor o para peor- y el color y el sabor de los lugares no pueden ser disociados del rango siempre imprevisto donde nos instala para gustarlos"  

(Lévi-Strauss, Tristes Trópicos)

martes, 1 de enero de 2013

Mexico/2

Oaxaca de Juárez - Monte Albán - Tule - Mitla

Oaxaca nos recibe de noche y la ciudad parece estar tapada con un velo, a través del cual se alcanza a imaginar su belleza, pero no se ve exactamente. Oaxaca de Juárez es la capital del estado de Oaxaca (también se usa sólo Oax). Las calles están repletas de colores y de edificios coloniales, el zócalo y la alameda son el centro de la zona histórica, hacia el este las calles se empinan y serpentean caprichosamente, mezclándose entre sí, perdiéndose en la oscuridad o en un muro de piedras y enredaderas.
Las noches son para el mezcal, las caguamas, el ron, farolitos y velas en callecitas con mesas por todos lados. Si llegara siempre de noche, creería que es una ciudad que no duerme.
Las mañanas son en cambio un desayuno de frijoles con huevos revueltos y café, ferias llenísimas de colores atravesando las plazas, multitudes de sombreros blancos, el mercado, elotes, mole, aguas de frutas. De día es una ciudad para caminar en espiral y volver a cruzarse con los mismos lugares y encontrar cada vez nuevas miradas, sabores y sonidos.



Subimos hacia Monte Albán al mediodía. La antigua ciudad mixteca recibe oleadas interminables de turistas, nacionales y extranjeros, que apiñan sus autos o suben en algún camión (bus) a través del sinuoso camino que ladea la ciudad de Oaxaca. Llegando a la zona arqueológica, al pie de unas escaleras dos puestos inmensos de gorros para el sol convencen a cualquiera que ha de necesitar uno (me convencieron a mi al menos), en el camino restante vendedores ambulantes ofrecen estatuillas y recuerdos. La ciudad, inmensa, guarda esa magia de lo desconocido, de lo lejano. Templos, tumbas, casas de las élites urbanas, plazas; lugares por donde caminaron otras personas hace unos dos mil años. Hoy se ocupan con un hormigueo de gorritos sacando fotos, subiendo costosamente las escalinatas, contemplando algo de todo eso que fue. Si es que las piedras guardan las memorias, en estos edificios reconstruidos que fueron antes esplendor de los valles sureños algo de esa memoria queda, algo de esas historias llegan al estar ahi.
 




Las personas oaxaqueñas son realmente muy agradables, y sobretodo muy atentas. Luego de estar unas horas en el DF y no conseguir información turística ni mucha ayuda para guiarnos, encontramos en oaxaca una atención excesiva (no por eso molesta, pero si a veces pareció demasiado). Hicimos buenos amigos pronto y en el tercer día de nuestra estadía fuimos en auto hacia el Tule y Mitla. El Tule es un árbol, increíblemente grande (es el más grande del mundo), en el cual dicen que se van dibujando figuras de animales y otras caricaturas. Unos niños a cambio de unas monedas te enseñan esas figuras con el reflejo de un espejito. Me contaron que un gringo quiso comprar a los indios del Tule su árbol, para hacer unas enormes vigas, pero se negaron repetidas veces. ¿Cuántos árboles como este habría en el mundo si no los hubiéramos talado? Caminar alrededor de su tronco y bajo la sombra de sus hojas, sentir el canto de los muchos pájaros que viven en su copa... es una sensación que deja poco para las palabras, es un árbol que se siente.




Mitla está muy cerca, es también una ciudad que tiene una zona arqueológica, unas tres veces más chica que Monte Albán, pero a diferencia de aquel se puede acceder a las habitaciones y cuartos, tocar sus paredes desde adentro, sentir el fresco de las estancias a pesar del calor sofocante del exterior. En algún edificio quedan restos de códices, al estilo maya, que alguna vez narraron historias y sucesos y hoy sólo son fragmentos, indicios. Mitla tuvo su momento de mayor ocupación luego de la caída de Monte Albán, los primeros cientos de años de nuestro calendario. En el último edificio, un patio cuadrado ofrece la entrada a dos tumbas en forma de cruz, una centena de turistas hacen cola para entrar a las mismas, son espacios chicos así que sólo acceden de 3 a 5 personas por turno, para llegar hasta la tumba hay que arrastrarse de rodillas y subir unas escaleritas subterráneas bajo un calor sofocante. Lo impresionante no es la tumba en sí, sino la cola de turistas.