...la tierra se fertiliza y allí donde quedó una grieta crece una nueva máquina, verde, rebelde y con el corazón palpitando lleno de savia.

jueves, 10 de abril de 2014

Cardo Según Ana

Cardo
 

¿qué es un cardo? ¿una flor? ¿un yuyo? ¿qué es esa línea que se eleva de la tierra, rodeada de espinas y coronada por ese pelambre violeta que parece un pequeño patio de pasto descuidado y malcrecido? ¿acaso las señoras y los señores amantes de la jardinería, acaso los jardineros, cultivan cardos para decorar sus jardines y terrazas?

¿qué es un cardo? ¿un yuyo? ¿una flor? ¿qué es esa luz violeta que brilla en lo alto de la torre de espinas verdes, ese resguardo de belleza tan parecido al alma? ¿acaso la magia sólo existe para quienes de verdad saben mirar más allá de lo que se ve, de aquéllo que los ojos ubican como belleza siguiendo dos o tres principios superfluos, insensatos, faltos de imaginación y repetidos hasta el hartazgo?

Cuando era más chica, los pibes del barrio se entretenían pateando la flor de los cardos del campito, que salía volando como una cabeza degollada, dibujando curvas perfectas en el aire.

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El cardo tiene ese lugar de hierba que crece en cualquier lado, tiene también eso de que no se le presta mucha atención, o se lo patea por los aires. Tiene ese lugar de maleza. Tiene -además- una flor de color púrpurazulado que me recuerda a las profundidades de un río de montaña o el sabor dulce de las frambuesas. La textura suave al tacto contrasta inevitablemente con la corona que la rodea, ese mandala de espinas verdes que la sostiene, redondo, escapándose hacia la tierra en línea directa, trazando caminos que unen más flores y coronas de espinas verdes. Tiene también ese lugar de la magia, de lo aparentemente imposible.


Estas poesías tienen el mismo lugar doble: de maleza y magia. De espina y luz. De trazos que nacen de la tierra pero también que saben del río, del poder de los reinados y de la fuerza de los estereotipos. Es una voz de hierba, que crece en cualquier lado. Es también un suave refugio, pedazo de alma que está ahí, rodeada de espinas, a merced del viento y las patadas.